Una ciudad que convierte su alumbrado a LED tiene una segunda decisión después de la luminaria: cómo se comunican los controladores con la plataforma de gestión. La malla y la red celular son las dos arquitecturas de uso común, y ambas cumplen. Divergen en los dos factores que determinan lo que cuesta la red durante la vida de una luminaria.
El primero es la obsolescencia. Las generaciones móviles se retiran según el calendario del operador, no el de la ciudad. 2G y 3G ya no están; cada generación siguiente tiene una vida útil de pocos años. Una luminaria no — lo que significa que un controlador celular debe preverse para reemplazo más de una vez antes de que se agote la luminaria que lo sostiene. Es un gasto de capital con un calendario que nadie en la ciudad controla.
El segundo es la factura recurrente. La red celular usa espectro licenciado, y el operador cobra por dispositivo conectado. A escala de una red municipal de alumbrado eso se vuelve una partida anual considerable, fijada por una parte con la que la ciudad no negocia desde una posición fuerte. Una red mallada opera en espectro libre entre los propios postes, así que agregar un nodo no agrega suscripción. El control de alumbrado no es una aplicación intensiva en datos — horarios, lecturas de energía y alertas de falla son mensajes pequeños — de modo que el ancho de banda de la malla no es la restricción.
El mismo argumento va más allá del alumbrado. Una vez que la malla llega a cada poste, los sensores que se le agreguen no cuestan nada al mes por mantenerse conectados: calidad del aire, niveles de agua o nieve, movimiento y temperatura. Ese es el argumento práctico para tratar la red de alumbrado como infraestructura y no como un sistema de un solo propósito.